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ABC – Crónica de Luis Fernando Veríssimo

ABC

Cuando aprendemos a leer, las letras, en los libros, son siempre grandes. En las cartillas – por lo menos en las cartillas de mi época – las letras eran enormes. Allí estaba la A, como una gran tienda. La B, con su gran busto y su barriga aún más grande. La C, siempre lista a morder con su gran boca la siguiente letra.

 

La D, con su aire próspero de gran señor, etc. hasta la Z, que siempre me parecía estar mirando hacia atrás. Tal vez porque no se convenciese de que era la última letra del alfabeto y quisiese asegurarse de que atrás no había ninguna más.

 

Las letras eran grandes, claro, para que memorizásemos su forma. Pero no necesitaban ser tan grandes. Que yo me acuerde, mi visión en la época era perfecta. Nunca más fue tan buena. Y sin embargo los libros infantiles se imprimían con letras enormes y entrelíneas generosas. Y las palabras eran cortas, para no cansar la vista.

 

A medida que íbamos creciendo, las letras iban disminuyendo. Y las palabras aumentando. Cuando uno no tiene más la vista del niño es que se empieza, por ejemplo, a leer el periódico, con sus tipos menudos y líneas apretadas que requieren una visión de niño. En la época en la que comenzamos a prestar atención en cosas como notas de pie de página, prospectos de remedio y subcláusulas de contrato, ya no tenemos más ni la mitad de la visión perfecta que teníamos en la infancia.

 

Llegamos a la edad de leer gruesos volúmenes en letra nº 6 cuando apenas tenemos ojos para las letras gigantescas, coloridas y cercadas de mucho blanco, de los libros infantiles. Cuanto más cansada la vista, más la exigen. Algunos recurren a lentes de aumento para seccionar las grandes palabras en manejables monosílabos infantiles. Y para restituir a las letras a su individualidad soberana, como tenían en la infancia.

 

La E, que siempre parecía querer distancia de las otras.

 

¡La R! Todas las letras tenían pie, pero la R era la única que pateaba. La V, que aparecía en varias formas: reflejada en el agua (la X), de muletas (la M), con el hermano gemelo (la W).

 

La Q, que era una O mostrando la lengua.

 

De tanto leer palabras, nunca más prestamos atención en las letras. Y de tanto leer frases, nunca más observamos las palabras, con todo su misterio. Por ejemplo: ¿puede existir una palabra más extraña que “esdrújula”?

 

Por suerte que nunca aparecía en las lecturas infantiles, si no habríamos perdido el interés. Me negaría a aprender una lengua, si supiese que contenía la palabra “esdrújula”. Habría cerrado la cartilla e ido a jugar al fútbol, para siempre.  Las cartillas, con su alegre sencillez, servían para disimular los terrores que la lengua nos reservaba. Como “esdrújula”. Por no hablar de “autóctono”. O, por Dios, de “seborrea”.

 

Realmente, creo que los niños debían aprender a leer en los libros de Hegel y en largos tratados de metafísica. Apenas ellos tienen la visión adecuada a la densidad del texto, el gusto por lo abstracto y el tiempo disponible para hacer frente al infinito.

 

Y en la vejez, con la sabiduría acumulada en una vida de lecturas, con las letras quedando progresivamente más grandes a medida que nuestros ojos se cansaban, estaríamos entonces listos para enfrentar el concepto básico de que el abuelo ve la uva, y viva el abuelo.

 

¡El abuelo ve la uva! Toda nuestra inquietud, nuestra perplejidad y nuestra búsqueda terminarían en la resolución de este enigma primordial. El abuelo. La uva. Eva. La visión.

 

Nuestro último libro sería la cartilla. Y nuestra última aventura intelectual, la contemplación enternecida de la letra A. Ah,  A, con sus grandes piernas abiertas.

 

 

  • Tradução Livre e traduzida pela Idem Espanhol da crônica: Comédias para se ler na escola, Luís Fernando Veríssimo. ABC.

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